La esclavitud del miedo (Parte I)

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“Años esperando por estas respuestas, quemando tanto, y que ahora llegaban para destruir hasta los cimientos esos temores que me habían hecho esclavo del miedo. Estábamos a 8 mil metros… y era libre”.
Rodrigo Fica P.

Salimos de la carpa a las 2 de la mañana en medio de una atmósfera calma. Sin sueño, con determinación, sintiendo la energía fluir perfecta. Crampones, piolets, arnés, linternas, antiparras transparentes, pantalones y chaquetas de pluma.

Estaba muy oscuro y no se veían huellos o marcas; el último intento de cumbre había sido diez días atrás. Pero con intuición, sentido común y GPS fuimos progresando. Salvo unos rodeos para esquivar un par de grietas que aparecieron quién sabe de dónde. Peligroso porque íbamos desencordados, no hubo mayores inconvenientes.

Saliendo del Espolon de Roca cerca del campo III

Dos horas de ascenso y encontramos unas cuerdas fijas que supusimos nos conducirían al Campo III. Rodrigo entró primero y empezamos con los puños mecánicos. Cada movimiento acompañado de una fuerte exhalación. Respiración máxima y usando la rabia como combustible; aunque en control. Siempre en control.

Arriba pasé adelante y fui el primero en ver, de reojo, restos de carpas que emergían del hielo. Lo único que quedaba de lo que alguna vez debieron haber sido grandes epopeyas. Era el campo III y el GPS indicaba 7.600 mts. Íbamos bien.

Sin embargo, habíamos subido tan rápido que todavía no teníamos luz suficiente como para evaluar por donde pasaríamos lo que se nos venía encima, la “banda amarilla”: un farellón vertical que cortaba el cerro a su ancho.

  • Izquierda Fica.
  • Derecha
  • No, izquierda, es más fácil.

Ya había algo de luz, preludio de un amanecer que podía ser glorioso. Y Rodrigo insistió en su parecer.

Lo único malo es que para llegar a ese punto había que hacer una travesía ascendente por unos 400 metros. No importaba; éramos una perfecta e invencible máquina y ese día no habría tramo que se nos resistiera. Giramos hacia ese punto y, escalando sincronizadamente la luz día nos pilló en la base del supuesto fácil paso.

Que no era tal.

Escalando sobre la banda amarilla

No más de veinte metros verticales…pero ufff. Estábamos a 7.800 mts. Y el tiempo corría, no había tiempo para dudar.

Rodrigo se lanzó decidido con crampones y piolet. Mordiendo la mediocre arenisca del promontorio, ganando metro a metro. Yo solo lo miraba con la boca abierta; mientras más lo apretaban, más rendía, ¿No?

Arriba Rodrigo me esperaba. Obviamente habíamos cometido un error.

  • Fica, nos equivocamos.

Tenía razón. Y por supuesto, no teníamos cuerda, ni clavos, ni nada.

  • Todo va a salir bien, Negro. Déjame ver. Descansa.

Me moví por un rato en el terraplén y encontré retazos de cuerdas. No habíamos sido los primeros en equivocarnos. Anudé los segmentos, hice un anclaje y, tras un buen rato trabajando, dejé el canalón equipado y nuestra retirada cubierta.

El sol ya campeaba en los cielos, mostrando que no solo estábamos fuera de ruta, sino que además habíamos perdido “momentum”.

El Cho Oyu desde el Campo Base Avanzado
  • ¿Qué hacemos?
  • Hemos sacrificado demasiado como para devolvernos.

Y sin darle tiempo a que me contestara, giré y subí furioso. Porque ya había estado ahí, en ese momento, en esa oscuridad. No quería regresar a ella; sabía dónde terminaba. Esta vez sería diferente; hoy sería diferente.

Rocas de pendientes moderadas, luego secciones de hielo y nieve. Crampones y piolets rechinando. Cincuenta metros en libre, luego una cuerda antigua enterrada que agarré con mi mano, con fuerza y rezando para que aguantara. Me colgué de ella para sortear los escalones de roca que se presentaban. También enterré el piolet sin delicadeza en los manojos de sogas podridas que aparecían del hielo. Tratando de retomar la arista original que intuía a mi derecha. Nada me detendrá, pensaba. Mientras el horizonte de nuestro planeta, allá abajo, comenzaba a verse curvo.

Finalmente tocamos la ruta normal. Yo respiraba como nunca, pero no me impactaba; mi boca abierta engullendo aire, mi pecho subiendo y bajando rápido. Rodrigo llegó a mi lado sin decir nada. Hablar era innecesario. Qué orgullo de estar aquí contigo.

Mi amigo no esperó y se lanzó hacia arriba. Yo lo seguí.

La salida de la cascada de hielo al Campo II

Las nubes empezaron lentamente a rodearnos y el viento también, susurrando reales alientos de muerte. La calma en la tempestad se había terminado y éste era el momento, era el instante que teníamos. Ya no habría promesas de mañanas mejores.

Rodrigo no se detenía, surcando la niebla y dejando a su paso vórtices que yo alcanzaba a tocar. Instantes de lucha frenética. Sin diálogos, sin pensamientos. La fuerza del viento se incrementaba, pero no me importó; al revés, me hacía más fácil robarle el aire. Abriendo mi boca al máximo, trataba de succionar el oxígeno de lo que fuera; de la roca, de la nieve, de la vida misma. Obligando a como diera lugar a que ese salvaje y vacío aire entrara en mi cuerpo.

La despedida de nuestros compañeros en el CBA partiendo al ataque cumbre

Labios destruidos, cara quemada y yo tiritaba. Pero no del frío; era la falta de oxígeno. Lo sabía, luego no me importaba y entonces, dato inútil; desechado. Porque solo era capaz de pensar una sola cosa a la vez, por un segundo, para olvidar y regresar a lo único que parecía copar mi mente: subir, subir, subir. No te detengas. Doychin lo sabía. ¿Doychin? ¿Quién era Doychin? ¡Arriba! ¡Arriba! Más rápido, Que el tiempo se agota.

Respiraba brutalmente, sin embargo tenía fondo físico. Lo sentía; lo sabía. Solo lo estaba guardando para cuando llegaran esos últimos metros, cuando tuviera que apelar realmente a todo. Pero no todavía, no todavía.

En un pequeño escalón de roca alcancé a Rodrigo, quien me miró y solo dijo una palabra que entre el viento y los jadeos, fue casi imposible de escuchar. Y aun así, había pasado una vida comprendiéndola.

  • 8.000 metros

Finalmente. 8 mil metros. Y ahí estaba yo, observando como se había hecho pedazos ese tonto y mágico límite con el cual tuve pesadillas desde siempre. Y seguía vivo. Y no había muerto. Y seguía entendiendo. Y nos habíamos demostrado que había algo bueno en nosotros. Sentí cariño. Por nosotros. Porque la búsqueda había terminado. Años esperando por estas respuestas, obtenidas quemando tanto, y que ahora llegaban para destruir hasta los cimientos esos temores que me habían hecho esclavo del miedo. Era libre.

Sin fuerzas ya a 8.100 metros

Solo faltaba acabar lo que habíamos empezado. La cumbre estaba cerca, la cumbre nos esperaba. Rodrigo continuó mostrándome el camino a seguir, luchando en medio de la suave nevisca, porque ya nevaba. Pero él parecía no darse cuenta; o no le importaba.

De repente, sentí pesados mis músculos. Se estaban comenzando a demorar más de la cuenta en oxigenarse. Fenómeno que hizo que me detuviera para observarlo con curiosidad; para entenderlo y hacerlo mío. Para ver hasta dónde podría llevarlo. Maniobras que me hicieron mover brazos y manos y que me llevaron a ver, sin querer, el reloj.

Eran las 4.

Maldición. Maldición. Maldición. Tarde, muy tarde. No nos habíamos dado cuenta del paso del tiempo.

Estábamos en problemas. Quedaba nada, pero nada. ¿Cien metros? ¿Dos horas más? Peligrosamente cerca de la noche; con la tormenta envolviéndonos y la meseta somital amplia e infinita del Cho Oyu lista para devorarnos si cometíamos un error.

Rodrigo iba cerca, ya no nos sacábamos ventaja, y cuando se detuvo me puse a su lado. Sin hablar, el viento no me lo permitía, le señalé el reloj. Rodrigo no contestó; solo me miró y de nuevo sentí su energía fluir hacia mí.

¿Qué importa? Cumbre y vivaqueamos.

La ventisca a 8 mil metros

No lo dijo, lo entendí. Entonces sentí un escalofrío correr por mi espalda. Me imagine a los dos sentados a obscuras en torno a alguna roca en esta zona de la muerte. Esperando horas por algún amanecer. ¿-60? Sin agua, comida o socorro. Para otra vez intentar engañar esa maldad y el dolor del abrazo del frío.

Rodrigo no perdió tiempo. Aprovechándose de mi vacilación reinició el ascenso en medio de la copiosa nevada. Lo perdí inmediatamente de vista entre la bruma. Quedé solo.

¿Qué hacer?

Y pensé… que estaba bien. Que me había preparado y torturado una vida para esto, el momento de la renuncia final. Y si Rodrigo seguía, pues yo también. Lo seguiría hasta la cumbre, o hasta el mismo infierno si era necesario. Ya no me importaba.

Escalé algunos metros más. El viento soltaba las capas de nieve que se habían formado sobre las rocas y al volar me golpeaban el cuerpo. Seguía sintiendo pesadez en los brazos, pero también coordinación y seguridad. No podía fallar. No iba a fallar. Nieve, viento, batalla. Esto era yo.

Tras un giro, en un pequeño promontorio a 8.101 metros de altitud, encontré a Rodrigo sentado. En parte descansando; en parte frustrado. Ya no le daba para seguir abriendo la huella. Las horas y horas de esfuerzo a gran altitud le pesaban y entendí perfectamente lo que eso significaba. Continuar así solo sería para morir.

Rodrigo Echeverría B.

Los Expedicionarios

Extracto del libro “La Esclavitud del Miedo” – Rodrigo Fica P. 2016

Monje en Katmandu
Caravana de Yaks rumbo al CBA (5.700 mts.)
Ventisca en el Campo I 6.300 mts.
Tibetanos y yak
En la carretera a 5.000 mts. y el Xixapangma al fondo