Querido Tommy

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Amigo Tomás, hacía ya un tiempo que no nos veíamos las caras, sin embargo, manteníamos permanente contacto.

Desde esa tarde que la montaña te abrazó con su manto de nieve, y no te quiso dejar ir, estuve frenéticamente viendo el pronóstico del tiempo, día tras día. Y siguiendo tu búsqueda.

Imaginándote en algún lugar escondido, sin dejarte ver.

Entonces no podía entender qué había pasado. Por qué te habías quedado arriba.

Y eran tantos los recuerdos…

Desde ese Rando Trip al volcán Lonquimay y Tolhuaca, cuando eras un muchacho de solo 20 años. Te vi sentado en mi camioneta rumbo al sur. Aunque dormiste casi todo el viaje, notaba que estabas lleno de motivación, de proyectos.

Luego seguimos con las infaltables visitas al valle del Arenas, buscando la nieve polvo en esos empinados canalones y centro de esquí. Hasta que, un día, muy temprano, partimos al cerro Unión, más atrás del grupo del Club. Y después no tuve más remedio que seguirte en el descenso por su cara sur.

Luego vinieron más aventuras y aprendimos a ser una buena dupla. Mi experiencia, combinada con tu talento, andaban bien. Claramente nos unía esa tremenda pasión por la montaña. Y el esquí.

Créeme que me obligaste a subir mi nivel arriba de las tablas, para poderte apañar cuando compartimos esas aventuras.

Recuerdo especialmente aquel ascenso al cerro Bastión, cerca de Portillo, una cima desconocida para mí, donde sin dudar te dije “ok”. Días más tarde figurábamos subiendo un largo y empinado canalón de mala nieve, esquíes en la mochila. Tú, para variar muy rápido, yo atrás intentando seguir tu ritmo.

Esa canaleta muy parada, que bajaste raudo con tus esquíes puestos, y yo casi sin piernas.

Por esa misma zona el ascenso al Ojos de Agua, el primero en casi 20 años. Hermosa cumbre con una vista impresionante hacia el Aconcagua, la Laguna del Inca, el Hotel Portillo y el Paso los Libertadores.

Y así, con el tiempo, te convertiste en un gran partner. Eras talentoso y buen compañero a la vez, y debes saberlo, esas cualidades no siempre van juntas.

Varias mini expediciones a los volcanes del sur, y por supuesto, la subida en el día y ese épico descenso infinito en esquíes del volcán Lanín, en la Araucanía.

Claro, teníamos muchos años de diferencia. Pero nunca fueron lo suficiente, como para impedir que compartiéramos esas añoradas cumbres.

Esa fascinación por la montaña y sus laderas nevadas fue, sin lugar a dudas, una de nuestras conexiones. Tú las registrabas en tus magníficas fotografías y posteos, yo escribía en mi blog.

Tommy, recuerdo que me decías que era un crack, con algo de humor, con algo de verdad. Quizás por la experiencia que te llevaba o sencillamente porque yo ya había estado allí, escalando en aquel lugar que tanto añorabas, y era de tus grandes anhelos. Himalaya.

En efecto, las alturas se habían convertido en tu fascinación. Y doy fe que aquella enorme cordillera estaba en tus proyectos.

Pero tienes que saber Tommy, que yo también te admiraba, y mucho. Y no era necesario que descendieras el Plomo ni el Mont Blanc en esquíes, como lo hiciste hace pocos meses. Recuerdo, ahora que lo menciono, que compartiste ese magnífico momento con nosotros, y fue genial.

Porque cuando se te ocurría alguna locura, siempre buscabas alguien que te “apañara”, Y siempre había a quien echar mano. Tus amigos de La Parva, del CAU, tu hermano, tu novia.

Ese alguien tenía que estar a tu nivel, lo que no era tan sencillo. Y a pesar de esa diferencia generacional, yo apañaba. Y la mayoría de las veces, terminamos juntos en lo más alto.

Aunque no siempre, como aquel encuentro en el Ojos del Salado, donde compartimos en el refugio Atacama los días de aclimatización, no logramos toparnos en la cumbre sólo por unas pocas horas de diferencia. Claro, tú ibas con tus compañeros y yo con Claudio, mi cuñado, en la bicicleta.

Tommy, estas semanas buscándote, tuve la oportunidad de conocer mejor a tu familia y amigos. Precisamente, en esos días tan difíciles, logré conocerte aún más.

Entendí, por ejemplo, que el amor a la montaña viene de tu padre. Y está muy integrada en tu familia. Ese refugio, desde donde siempre nos enviabas el reporte de la nieve caída, esperando el momento para salir a “randonear”, te permitió aventurarte desde pequeño en tus amadas cumbres.

Entendí, además, de donde sacaste ese instinto para intuir la ruta, o tomar algunas decisiones. Algo muy propio del buen montañista. También te llegó desde allí. La claridad, la lucidez, la convicción.

Soy consciente de la enorme fortaleza que tu familia demostró en los momentos más duros, cuando no querías decirnos dónde estabas. Cuando parecía, incluso, que tu intención era permanecer allí.

Te extrañaremos, Tommy. Quienes tuvimos el privilegio de compartir contigo esas grandiosas aventuras, esas postales que muy bien supiste retratar con tu cámara, y por supuesto, tu maravillosa familia.

Viviste la vida intensamente. La estrujaste para aprovecharla al máximo. Aun así, nunca pretendiste parecer más de lo que ya eras. Tu llama interior era genuina. La montaña era tu gran pasión.

Lo tenías todo, talento, motivación, energía. Y el tiempo suficiente para dedicarle, bueno, siempre te las arreglabas.

Porque, y en eso nos parecíamos, la montaña siempre está primero.

Finalmente, quiero decirte algo.

Nunca te aflijas de lo que no hiciste, o lo que no alcanzaste a hacer. Sino que enorgullécete de lo que lograste, de las aventuras que atesoraste, de los caminos que recorriste. Con tus amig@s, herman@s, tu novia, tu padre y madre. Donde hiciste montones de amigos, grandes amigos.
Tremendas experiencias, fantásticas fotografías. Las que, sin lugar a dudas, ya son parte de tu legado.

Te extrañaremos, Tommy. Pero así también, continuaremos recorriendo este hermoso camino que tú ya recorriste. Ese que nos lleva donde el viento arrecia con fuerza, pero que a su vez hace el cielo más prístino. Donde los amaneceres y atardeceres son más radiantes. Donde se ve un horizonte más esplendoroso.

Porque sabemos que allá arriba, la vida es más intensa y a la vez más hermosa. Porque nos permite contemplar su dulzura, y de vez en cuando, experimentamos también su enorme furia.

La escalada del espolón del San Gabriel y el melón con vino, quedan pendientes.

Abrazos eternos.

Tu amigo.

Créditos fotos: Tomás Van Wersh, Rodrigo Echeverría