Trifulca en las Torres de Paine (parte II). Triunfo y Tragedia

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“Cuando, en la tranquilidad y calidez de mi hogar, dejo vagabundear mi espíritu en el recuerdo de tantas imágenes y aventuras, los picos de la Patagonia se me aparecen tan irreales, tan fabulosamente esbeltos, que me parece que estas imágenes hayan salido de un loco sueño”. | Lionel Terray

Una noche larga y fría

El viento rugía. Refugiados entre unas rocas que hacían las veces de cueva, intentábamos salvarnos de la tormenta. Pocas horas atrás habíamos acariciado la cumbre principal. Ahora, a escasos metros de ella, parecía que la montaña nos devolvía toda su furia.

En efecto, aprovechamos al máximo una apacible tregua de buen tiempo para escalarla. Pero ya el temporal se había desatado.

Ráfagas de 120 kph. o más. Lo que si recuerdo es que sentía mucho frío. El reloj marcaba 8 grados bajo cero. Y en nuestro improvisado vivac, sin saco de dormir, sin comida y sin agua, intentábamos pasar la noche. Bajar (rapelear) en estas condiciones hubiera sido un suicidio. Debíamos esperar al menos la luz del amanecer.

Amanecer que no llegaba.

Teníamos sólo una bolsa de vivac y teníamos que turnarla.

Recuerdo que a ratos comenzaba a sentir unos cosquilleos en la punta de los dedos de mi pie izquierdo: principio de congelamiento.

Y pensar que hace pocas horas, y con las últimas luces del día, habíamos logrado la cumbre. Una hermosa cumbre. Teloneada de fondo con un enorme campo de hielo (Campo de Hielo Sur) y hacia el horizonte, nubes negras: era el presagio de la maldad que se nos venía.

En efecto, pocas horas atrás habíamos logrado un primer ascenso alpino nacional a la cumbre principal de la Torre Norte del Paine. Sin embargo, nuestra situación actual era penosa.

Por ello me preguntaba si teníamos q sentirnos como héroes. O como estúpidos quizás.

Nuestra situación parece haber salido de los mismos libros que habíamos devorado por años de tantos célebres escaladores en Patagonia, relatos que habían alimentado nuestros sueños de escalarla. Ahora, lo experimentábamos en carne propia. Tanto su serena belleza como su insoslayable furia.

Esto era Patagonia.

Así figurábamos Príncipe Valiente (23) y yo (26): unos novatos curtiéndose merced de los elementos desatados.

Pero debíamos estar alertas. Superar esta cruda y larga, tremendamente larga noche.

Aun así, el frío nos abrazaba, el viento nos silbaba y la oscuridad nos acurrucaba… A tan sólo 50 metros de la cumbre.

Silueta de las Torres hacia en Valle del Silencio. Al fondo el Escudo

El descenso

6 am. Por fin amaneció. No había tiempo que esperar. Salimos de nuestro refugio y veo con espanto un vacío entre las rocas que nos cobijaron. Aun rugía el viento, pero era más veleidoso.

Ahora nada nos detendrá, pensaba. Solo bajar, bajar para celebrar.

Me empiné temerario para mirar hacia el col. Príncipe Valiente me llamó la atención. Desescalamos unos metros y tomamos la cuerda para un primer rapel.

Pero algo extraño pasaba. La cuerda no caía. Más bien flotaba al aire en una especie de ingravidez.

El viento era tanto que la devolvía hacia nosotros. Aplicamos entonces la técnica de rapelear con la cuerda en cinto para ir desenrollándola a medida que descendíamos, poniendo seguros intermedios. Era lento pero funcionó bien. Hasta el Col (bitch).

Ahí estaban nuestros zapatos plásticos, que debíamos ponerlos junto con los crampones. Pues de aquí para abajo era un largo de cuerda por un planchón empinado de hielo.

Lo superamos con tranquilidad. Abajo comencé a enrollar la cuerda, pues lo que venía eran los slabs (placas inclinadas) de roca, empinados y delicados, pero posibles para un destrepe.

Miré la hora. La 1 pm.

¡¡Cómo pasa el tiempo!! Tan concentrado está uno que ya han trascurrido 7 horas desde el vivac.

Y cuando baja la adrenalina, comienza a notarse el cansancio, la deshidratación, la fatiga, el hambre. El sueño…

Vivac “a pelo” en la Torre Norte del Paine

La caída

Bajo el col ya no había viento. Esta apaciblemente tibio, como para dormir una siesta.

De hecho Príncipe Valiente se quedó dormido mientras yo enrollaba la cuerda y la metía en la mochila. No me sentía cansado aunque debiera estarlo. Más bien aliviado. Lo peor ya había pasado.

Cuando mi compañero se incorporó, vimos del otro lado de la ladera de roca una pequeña cascada que caía desde la Torre Central. Parecía cerca pero no era tanto. La sed pudo más y mi compañero, crampones puestos, se dirigió cruzando las resbalosos y pendientes placas de roca de esa zona de la montaña (slabs).

Yo solo miraba. No caminaría tan fácilmente por esa zona que no me parecía para nada segura.

De repente. Paff.

Mi amigo resbala y rápidamente comienza a caer cerro abajo. Lo miré con espanto, comencé a gritarle… ¡¡Ricky!! ¡¡¡Para, para!!!

Rodaba dándose vueltas. De la misma manera que una pelota de fútbol caería dando rebotes. Y en unos de los primeros rebotes se abre su mochila (que estaba sin la tapa), comenzando a caer cosas de adentro, dejando una especie de rastro a través de la pendiente.

200, 300 metros. Eternamente rodaba cuesta abajo, y yo, desesperado gritándole para que se detuviera.

A pesar de ese instante eterno, interminable, increíblemente se detuvo. Estaba muerto sin lugar a dudas. Sólo un milagro lo habría dejado con vida.

Esto creo que nunca se lo conté a nadie. Pero tuve un ataque de pánico (el primero de mi vida) que habrá durado algunos minutos.

Estábamos absoluta y completamente solos en la montaña. Ahora yo estaría más solo aún pues mi amigo y cordada al parecer yacía muerto cientos de metros más bajo.

Ricardo Dorado en la cumbre Torre Norte del Paine

Ojos de esperanza

Luego de recobrar algo de calma, y con mucho mucho miedo, me di cuenta que mi única opción era ir por él. Me saque las botas plásticas y crampones, me calcé mis “Boreal II” (zapatillas de escalada para la adherencia en la roca que mantengo colgadas como recuerdo en mi casa de San Gabriel) para desescalar hacia él.

No sé cuánto habré tardado ya que además de moverme con extrema precaución, recogiendo en este “trayecto” todo lo que pude de los que había quedado “desparramado”: cámara fotográfica, ropa, rack de escalada y cosas varias, todas las que fueron saliendo de su mochila marca “Lippi” mientras “rebotaba”.

Pienso que tarde demasiado, pero finalmente, y con no poca dificultad, logré llegar a su lado.

Tengo una visión que jamás nunca logré borrar de mi cabeza. Me miró, con un chicón protuberante en su frente, pero con su casco blanco puesto. Vivo y consciente. Extremadamente consciente. Sus piernas, ambas, desde la rodilla hacia abajo, le colgaban los huesos y los pies estaban sueltos y “desarmados” (fracturas expuestas en ambas piernas).

Lo primero que me dijo fue “porque tardaste tanto”.

Mis conocimientos de primeros auxilios eran mínimos en ese entonces, pero él mismo continuó: “Me tomé un calmante fuerte que tenía de los escaladores vascos”.

Últimos rapeles desde el Col Bitch

Estaba tan consciente de lo que había sucedido que me dio algo de calma. Recuerdo que incluso pensó en anudar un cordín a su cantimplora a ver si podía sacar algo de agua de una pequeña caída que estaba unos metros más abajo.

Lo único cuerdo que atiné hacer fue anclarlo con mi piolet y su arnés a un planchón de nieve que estaba sobre él unos pocos metros (el mismo que derritiéndose formada la caída de agua). Pues clavos no teníamos y parte del rack que recuperé de su caída, no servía en este caso.

Definitivamente la mochila “acolchada” y el casco salvaron su vida durante la caída. Al menos por ahora.

Pasaron otros minutos y le dije. “Iré por ayuda”. Lo más rápido que pueda.
Me miró con ojos de esperanza y jamás olvidaré sus palabras: “Negro, ten mucho cuidado en la bajada”.

En efecto, más terrazas de roca pendientes, planchones de nieve, un traverse y más tramos para destrepar quedaban para llegar abajo al valle. Tenía la cuerda en mi mochila y posiblemente iba a utilizarla.

De ahí recorrer el “Valle del Silencio” completo para arribar al campamento Torres antes del anochecer, donde esperaba encontrar amigos a quién recurrir para la ayuda.

Ya eran las 2 pm. y en ese minuto me di cuenta con horror, que su vida dependía de lo rápido que pudiese bajar por auxilio.

Aún quedaban horas de luz. Y mi cordada ya había perdido mucha sangre.

Topo de la Ruta Monzino

ESTE RELATO CONTINUARÁ…

¡¡Buena semana y a cuidarse!!
Slds Rodrigo Echeverría B.

Créditos fotos: Colección Ricardo Dorado