LA ESCLAVITUD DEL MIEDO

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Fica subiendo por las cuerdas fijas antes de llegar al Campo III (7.600 m), a las 05:00 hrs.

Salimos con el diablo en el cuerpo.

Dos de la mañana. 7.200 metros. No más demoras. No más dudas. Sin sueño, con rabia. Sintiendo la energía fluir perfecta. Finalmente ahí estábamos, quienes decidieron pagar cara su derrota.

El primer problema que tuvimos que resolver fue ver cómo llegar al Campo III. El anterior intento de cumbre de las otras expediciones había ocurrido como diez días antes, así es que no había huellas ni marcas que indicaran la “ruta” a seguir. Por eso es que en la tarde anterior yo había trabajado un poco con el GPS, preparándonos algunos escenarios para no perdernos en el gran nevero intermedio.

Al principio la navegación salió bien; salvo un par de rodeos para esquivar unas grietas, tras dos horas de ascenso golpeamos unas cuerdas fijas, que nos condujeron hasta 7.600, terminando a esta cota a tiempo justo para completar una velocidad de ascenso promedio de 150 metros por hora.

Fuimos víctima de nuestro propio éxito. Como subimos tan rápido, salimos del espolón que es el Campo III aún sin luz suficiente como para evaluar bien por dónde pasar el siguiente obstáculo: la banda amarilla. Como además en ese instante el GPS dejó de funcionar, no nos quedó otra que seguir a pura intuición, escogiendo para seguir un punto débil ubicado medio kilómetro a la izquierda. Algo que, después sabríamos, sería un craso error pues a la derecha había una chimenea que era mucho más fácil y que ya tenía cuerdas fijas instaladas.

Fica escalando la variante por sobre la banda amarilla.

La luz nos pilló al pie de nuestro pequeño paso, pero no encontramos forma de remontar los 20 metros de 5.7 que se nos vinieron encima. Tras media hora de esfuerzos vanos, Rodrigo sencillamente se lanzó, sin sacarse la mochila, sobre un promontorio algo más humano, mordiendo la mediocre arenisca con las herramientas. Yo sólo atiné a mirar, luego de lo cual, lo seguí. Todo esto a 7.700 metros de altitud.

Arriba conversamos:

– Fica, no podemos bajar por aquí…
– No te preocupes. Allá hay unos retazos de cuerda con los cuales creo que puedo armar un pasamano.
– … y no quiero arribar destruido después de la cumbre para llegar a morir bloqueado.
– Don’t worry. Pero a mí me preocupa más que estamos fuera de ruta. Quizás qué vamos a encontrar más arriba.

Dejé a Rodrigo descansando. Junté las cuerdas destruidas y entre todas ellas, tras una hora de trabajo, pude dejar el canalón “chileno” equipado, con nuestra retirada cubierta. Pero en eso instantes ya el Sol campeaba en los cielos, mostrando que habíamos perdido momentum. Quizás ya estábamos fuera de opciones y tal vez no era mala idea aprovechar la cuerda para bajar. Por eso cuando el trabajo estuvo hecho Rodrigo me preguntó ¿qué hacemos? Pero sin darle a tiempo a objetar, le contesté mientras me giraba y comenzaba a subir:

– Hemos sacrificado ya demasiado para devolvernos.

Subí furioso 50 metros en libre y ahí encontré una cuerda antigua enterrada. Usando el peso de mi cuerpo, la fui arrancando de a poco y rezando para que aguantara. De ahí encontré segmentos limpios, y también otros donde me agarré con manos y piolets a manojos de retazos de polipropileno viejos. Siempre intentando retomar la arista original, pasando hacia la derecha por terrazas, nieve y pasos de roca.

Finalmente, a 7.850 metros impactamos la ruta normal. Cambiamos la punta y ahora fue Rodrigo que se lanzó enloquecido hacia arriba. A pesar que la niebla empezaría lentamente a rodearnos y el viento se levantaría, susurrando reales alientos de muerte, Rodrigo no se detendría, dejando a su paso vórtices que yo alcanzaba a tocar. Escala hermano mío. Qué orgullo estar aquí contigo. Arriba, arriba; no mires atrás, ¡no te detengas! Que no hay promesas de mañanas mejores.

El viento era fuerte ya, pero no importaba. Me hacía más fácil robarle el aire. Mi brutalmente quemada boca abierta al máximo, tratando de succionar el aire de los elementos, de la roca, de la nieve, de la vida misma. Obligando a como de lugar a que ese furioso y vacío aire frío entrara a mi cuerpo, para luego exprimirlo sin piedad.

Y de repente, 8.000 metros. Y ahí estaba yo, observando como se había hecho pedazos ese tonto mágico límite con el cual tuve pesadillas desde siempre. Y seguía vivo. Y no había muerto. Y seguía entendiendo. Y ya no habría más, nunca más, me prometí, pues era libre, al haber destruido las horribles cadenas de la esclavitud del miedo.

Rodrigo exhausto a 8.100 metros de altitud.

Rodrigo seguía luchando delante de mí en medio de la suave nevisca. No parecía parar, a pesar que ya respirábamos 20 veces antes de dar un paso. Pero, de repente, sentí pesados mis músculos. Se estaban comenzando a demorar más de la cuenta en oxigenarse. Fenómeno que me hizo detenerme para observarlo con real curiosidad; hasta entenderlo. Y hacerlo mío. Para ver hasta dónde podría llevarlo. Maniobras que me hicieron mover brazos y manos y que me llevaron a ver, sin querer, el reloj.

Y entonces, horror. No nos habíamos dado cuenta que era tarde. Muy tarde. Las 4 PM.

Estábamos en problemas.

No nos quedaba tanto: solo 101 metros verticales, pero, maldición, el Cho-Oyu es conocido por su endiablado camino para llegar a la cumbre misma, que obliga a desplazarse mucho al oriente. O sea, mínimo dos horas más. Eso significaba tratar de bajar de noche, en medio de la tormenta.

No recuerdo haber dicho algo, pero sí estar mirando a Rodrigo, quien compartió sus pensamientos conmigo de una manera que me hizo correr un escalofrío por mi espalda; cómo diciéndome ¿qué importa? cumbre, y vivaqueamos.

Me imagine a los dos, abrazados, en torno a alguna roca, por sobre 7.700 metros, a obscuras, por 12 horas, soportando… ¿cuánto? ¿-60? Sin agua, ni comida. Ni socorro, o ayuda.

En mi bolsillo bailaba un dado que había comprado en casa. Uno que quería colocar en la cumbre, como un símbolo de lo veleidoso que es el destino con el valor humano. Qué ironía nuevamente. Miré sus lindos bordes, el color rojo del noble material y sus pintas blancas denotando símbolos que han acompañado la tragedia humana desde milenios. ¿Qué hacer?

Aprovechando este momento de distracción, Rodrigo reinició el ascenso, se alejó de mí y lo perdí de vista al toque, entre la bruma. Quedé solo y pensé en lo fácil que sería dejarse llevar…

Ok, veamos hasta qué tan lejos llega este callejón también. Si no podía volver a alcanzar a Rodrigo, entonces no habría más dudas; lo seguiría hasta la cumbre, o hasta el mismo infierno si era necesario. Ya no me importaba.

Escalé algunos metros, y el viento soltó las capas de nieve de las rocas que usé para progresar. Hice un giro y luego, tras un pequeño promontorio, a 8.101 metros de altitud, encontré a Rodrigo descansando sobre la cuerda. No había avanzado mucho.

Las 14 horas de esfuerzo que llevábamos ya pesaban y más allá de nuestros deseos, era obvio que íbamos muy lentos ya. De seguir al mismo ritmo hasta la cumbre, lo único que haríamos sería morir.

Tomé mi dado, lo acaricié por un momento y decidí guardarlo. Juro que habrá otra ocasión, me dije, pero, ahora, es otra cosa lo que urge.

– Rodrigo, hermano, es tiempo.
– Sí.
– Debemos bajar.

Rodrigo no me contestó y miro para arriba…allá estaba el sueño de su vida, la cumbre… Pero también miró hacia abajo, donde estaba yo, conminándolo a bajar a la vida, a la realidad. Recordó la promesa que habíamos hecho tiempo atrás, al salir del campamento; siempre juntos; tu bajas, yo bajo. Juntos, para sobrevivir.

Le toqué el hombro.

– Gracias.

Nos sentamos un momento a mirar. Comenzaba a atardecer. El viento seguía arrastrando la nevisca entre nosotros y los desgarrados cielos iban y venían. Imposible no maravillarse ante la visión de la vida; salvaje, extraterrestre, divina. Por los breves instantes en que hicimos de esa montaña nuestra, tuya, mía, chilena. Pues no hubo hombres más altos que nosotros y no hubo coraje más grande que el nuestro.

Luego de lo cual, me giré hacia Rodrigo y pregunté:

– Y ahora, ¿cómo re-chucha vamos a bajar?

Rodrigo Fica

Fuente: La Segunda

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Rodrigo Echeverría Bernales. Montañista, Himalayista. También me gusta disfrutar otras facetas de la montaña como el ski alpino y el mountain bike en sus modalidades más extremas. Aventurero de Corazón. También practico Yoga para equilibrarme y respirar. Director de Makalu Consultores, donde he intentado traspasar estas experiencias en pro del desarrollo del liderazgo y el bienestar personas y organizaciones.