CHILEAN WAY

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A pesar que, en rigor, para mí la razón principal para volver a entrar por última vez al cerro era ir a buscar nuestro equipo, igual nuestros compañeros se juntaron a desearnos suerte a la salida del Campo Base. Abrazos, besos y cuídense mucho. Rodrigo, siempre tan compuesto, agradeciendo; yo, con un “nos vemos en el infierno”.

Y partimos. Domingo 13. El clima despejado, pero con viento. Sin problemas recorrimos el ahora más que conocido camino al Campo I. Mientras subíamos sin hacer gran esfuerzo, fue interesante recordar que no mucho tiempo atrás había tenido que subir enfermo, casi doblado en dos.

Pasamos la noche allí y al día siguiente enfilamos hacia el Campo II, una marcha ya más seria para nosotros porque, si me permiten recordarles, nunca pudimos equiparlo, tarea impedida por el mal tiempo y que significó el inicio del fin para nuestras intenciones de escalar el Cho-Oyu.

A pesar que íbamos pesados, no hubo humillaciones. En la sección de seracs subí primero por las cuerdas fijas sin dilación y mientras esperaba arriba a que subiera Rodrigo, llegaron los sherpas que iban detrás mío, tratando de no perderme pisada. Al verme sentado allí y apreciar el tamaño de mi mochila, me preguntaron dónde estaba mis sherpas. Ante lo cual, yo cansado ya de estas preguntas, les contesté:

– Chilean climbers don’t use sherpas.

Las horas pasaron rodeadas de aire tenue y en horas de la tarde llegamos al Campo II (7.200). Una altitud que para nosotros era inaudita; con años tratando de experimentarla, pero siempre ligado a oportunidades pobres. Pero no ahora, que la gozamos íntimamente, demostrando de paso que nunca será mejor saber que experimentar.

Chilean climbers don’t use sherpas

Lo que sí, para que negarlo, llegamos en calidad de bulto. Tan así que sospecho que Rodrigo tuvo las mismas dudas mías: de si seríamos físicamente capaces de volver a colocarnos la mochila al día siguiente para subir hasta 7.600 metros. Pero no dijo nada, yo tampoco, y nos abocamos a tratar de recuperarnos con hidratación y comida. Además, pronto otro problema surgió y capturó nuestra atención debido a su importancia: el viento no aflojaba.

Ya nuestro intento era débil, y más que nada un saludo a la bandera. Pero si queríamos mantener algo de esperanza, era vital que al día siguiente, el martes 15, hubiera tiempo decente para subir a dormir al ya mencionado Campo III (7.600), antesala del intento de cumbre. Sin eso, estábamos fritos.

Mientras tomábamos té y cenábamos, tratábamos de intuir hacía que lado iban a caer los dados. A veces se juntaban las ráfagas y nos zarandeaban por minutos eternos; pero también de repente todo se calmaba y hasta se escuchaba respirar al compañero. Como dijo yo, el problema no es saber si la niña desea besarte o no; es no saber qué es lo que quiere. Aquí igual pascual. Horas tratando de intuir esas hormonas atmosféricas. Dilema que terminó a medianoche, cuando fue claro qué el viento había ganado y galopaba libre por doquier. Habíamos perdido. Era hora de admitirlo y regresar a casa.

Cada uno de nosotros durmió como pudo sumido en sus propias reflexiones. Incluso en algún momento de la madrugada, Rodrigo me dejó ver que quizás podríamos esperar un día más, sin movernos, e intentar cumbre desde 7.200. Con mi habitual suavidad, le espeté:

– Yo mañana me voy de aquí. Para arriba o para abajo. Me da lo mismo. Pero basta. No espero más.
– ¿Para arriba o para abajo?
– Para arriba o para abajo.
– Entonces mañana nos vamos para arriba, porque para abajo no me voy ni cagando -concluyó Rodrigo.

Diálogo tan valiente como torpe, pues llegó la mañana y el temporal de viento continuó, haciendo imposible moverse y obligándonos a tragarnos nuestras determinaciones.

Rodrigo Echeverría esperando, a 7.200 metros, por tan sólo una oportunidad…

Peor aún, a medio día se bajaron todas las demás personas que estaban en el cerro, en cualquiera de sus campamentos. Me refiero a  los miembros del único otro grupo que quedaba en el área. Eso significaba, oh, gran ironía, que el más famoso y popular de todos los cerros por sobre 8.000 metros, el Cho-Oyu quedó vacío. A partir de ese momento, ningún ser humano estaría en ninguno de sus flancos. Excepto nosotros. Sea lo que sea que fuésemos a hacer estaríamos por nuestra cuenta.

Los diálogos en la tarde de aquel día fueron de antología. Por un lado, tuve que ceder y comenzar a pensar seriamente en un intento de cumbre desde 7.125 (que era la altitud exacta de nuestra tienda). Apoyado en que como hasta ese instante, para bien o para mal, el informe del tiempo se había revelado espantosamente correcto, en teoría, venían 14 horas de calma a partir de esa medianoche las cuales, supuestamente, se podrían usar para intentar la cumbre.

Pero eso es mucha tele. De partida, remontar más de mil metros, a esta altura, para dos personas que, quiérase o no, nunca habían experimentado altitudes extremas, y solos además. Lo que significaba que tendríamos que abrir huella, colocar cuerdas y tomar buena parte de las decisiones en forma intuitiva.

Llegó la noche sin cambios climáticos. Diría que me fui a dormir sino fuese porque lo único que hice fue subir un poco más el cierre y cerrar los ojos, al tiempo que le decía a Rodrigo:

– Negro, da lo mismo. El viento no va a parar. Duerme tranquilo, que mañana nos vamos a casa sabiendo que hicimos lo que pudimos. Buenas noches.

Soñando con ojos de mujeres idas para siempre, me di el lujo de dormir a 7.200 metros como si estuviera en mi casa. Placer del cual fui bruscamente sacado a las 12 de la noche por Rodrigo, quien con un manotón despiadado me advierte:

– Fica, despierta. El viento paró. Vámonos para arriba

Rodrigo Fica.

Fuente: La Segunda