Papá debutante en tiempos de Pandemia

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Domingo en la mañana. Temprano. El sol se levanta lentamente y me entretengo viendo como la luz se cuela entre la ventana y comienza a iluminar el piso. El aire se entibia. Los pájaros ya despiertos desayunan en el jardín. A lo lejos los pinos y álamos se columpian con la suave brisa y el tucúquere entona su canto matutino. De fondo la montaña semi nevada, hermosa y helada comienza a ser bañada lentamente con esos rayos tangenciales de luz solar.

No estoy en la carpa, no estoy en la vigilia del despertar y levantarse para enfrentar una nueva aventura. Estoy en mi casa. En pijama.

La vigilia ahora es otra, la del llanto, de la mamadera y del pañal. Es una vigilia distinta pero hermosa. Porque hace algunas semanas con Daniela recibimos un regalo del cielo. Un regalo que llegó con aterrizaje forzoso, algo traumático. Con una mezcla entre angustia y alegría. Pero eso ya fue superado y ahora estamos gozándola, cuidándola y abrazándola.

Las bikes descansan. Los esquíes y los zapatos de montaña están ahí esperando. Podría estar deslizándome ladera abajo de manera vertiginosa pero no. Estoy en casa cuidando al bebé.

A Laurita de las Nieves.

Llegó a este lugar del universo en tiempos pandémicos, de incertidumbre. Convulsionados.

Pero llegó. Y aunque tardó algo en brillar el día del parto, su luz al principio tenue, fue tomando fuerza, superando los días de hipotermia, de hospitalización y tratamiento. Y al igual que los rayos del sol en un amanecer de otoño, que se asoman entre medio de las montañas, colándose tímidamente por las ventanas de la casa, va tomando fuerza y poco a poco irradia su energía a todos quienes tenemos el privilegio de recibirla.

Que tengan una excelente semana. ¡¡A cuidarse y Vamos que se puede!!

Rodrigo Echeverría B.